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Un viaje al interior común. El presente cómo meta.

sábado, 11 de abril de 2015

Cuento Negro Para Contar En Noches Alrededor Del Fuego.



Un Cuento Negro Para Noches Alrededor Del Fuego.

Kilómetros, horas perdido en las soledades del bosque, con mi bicicleta obediente. Busco para llenar mis albardas, palos secos y hojas recogidas del suelo para hacer un nido donde duerman mis sueños. Se acerca el momento de ver la puesta de sol y aun hay que regresar a casa pero, estoy perdido. Empieza a hacer frío y no reconozco este sitio. El silencio que escucho no es natural, poco a poco me doy cuenta de que lo único que siento es mi respiración, acelerada. No se oye nada. Una niebla densa, con un olor a ozono, muy puro que me recuerda los laboratorios asépticos donde se esterilizan instrumentales quirúrgicos con chorros continuos de este gas. Es ahí donde ahora me encuentro sin remedio. No entiendo cómo me he transportado aquí. Ha sido la niebla, imagino…

Despierto en otro tiempo, al lado de mi bicicleta y es de noche cerrada. Ahora sentía plenamente el bosque  con sus sonidos y olores propios. Qué lástima no tener un reloj en la muñeca que me diera pistas sobre el tiempo inconsciente. Un ligero malestar en el estómago y una rigidez en las muñecas me hacían pensar en algo fuera de lo normal.

Empezaban a aparecer repentinos recortes de recuerdos excesivamente cortos cómo para encontrar sentido en ello. Parecían las piezas de un puzle que se me antoja enorme.

Intento ponerme en pie y no lo consigo. Ahora me percato de que me falta la parte inferior del tronco. A unos metros delante de mí, reconozco la mitad mutilada y pierdo de nuevo el conocimiento.  Pero es muy breve y enseguida estoy otra vez consciente pero he vuelto a ser transportado a otro espacio tiempo paralelo, otro momento que tendría que experimentar sin poder oponerme.
Estoy delante de mi casa con mi bicicleta a mi costado y estoy apoyado en un muro que observo continuamente desde el interior de mi habitación. Veo luces dentro que me hacen pensar que estoy en casa. Efectivamente me veo, reconozco mi figura que porta la taza que siempre uso para mi chocolate nocturno. Veo cómo me asomo a la ventana, veo que me saludo, que me hago señas …  ahora estoy bajando las escaleras para hablarme a mí mismo.

No llega a suceder, antes de veme abrir la puerta, he vuelto a saltar a otro lugar, otro tiempo. Estoy bajando las escaleras porque me ha parecido reconocerme en el muro que hay delante de mi casa, pero abro la puerta de la calle y no estoy. Lo que sí está es la bici en su sitio, con las albardas llenas de palos y hojas secas.

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